Revisando Clásicos. Bunbury - Flamingos
Resulta muy difícil escoger entre la vasta discografía de Enrique Bunbury un álbum para situarlo por encima del resto y otorgarle la categoría de clásico. Y es así de difícil porque posee un ramillete de obras de las que, además de a nuestro protagonista, a cualquiera de ellas podríamos elegir: Pequeño, Hellville de Luxe, Las Consecuencias o Expectativas. Sin embargo, como de seleccionar uno se trata, lo haremos con su tercer álbum de estudio que fue, no en vano, el trabajo que más copias ha vendido de su carrera solista.
Flamingos se publicó en el año 2002 y supuso, de alguna manera, el regreso del maño a los sonidos más mainstream. Atrás quedaban la electrónica experimental de Radical Sonora y el Folk de la música de raíces mediterráneas de Pequeño. El disco con la portada del boxeador nos devolvía a Bunbury a un plano, en principio, más natural para su audiencia: el Pop-Rock.
Por sus pistas, eso sí, transitaban el Jazz, el Vals, el Glam, e incluso el Tango, todo ello aderezado con un envoltorio de Pop-Rock que conseguía hacernos sentir como en casa. Con una producción excelsa, hasta el punto de que el propio músico definiese el álbum como Hi-Fi, en la que se grabaron centenares de capas, instrumentos y voces, además de contar con un gran número de colaboraciones, y tener una riqueza en matices como ninguna otra obra, Flamingos supuso un puñetazo en la mesa en cuanto a la espectacularidad de su sonido y, por supuesto, la desbordante calidad de sus canciones.
De entre el total de los quince temas que componen el disco, sin desperdicio alguno, el impacto más importante lo conseguirían El club de los imposibles y su fantástico Rock contemporáneo, Sácame de aquí con la intensidad visceral por bandera, el cierre por antonomasia de un disco ... Y al final, y, por supuesto, la arrebatadora - y a la postre unos de sus mayores éxitos - Lady Blue con ese halo a lo David Bowie que a día de hoy continúa erizando el vello a cada escucha.
En definitiva, Flamingos supondría la confirmación del talento de un músico que lo había arriesgado todo con Pequeño, en una apuesta que debió considerarse suicida en aquel lejano 1999, así como la constatación del estrellato de Bunbury en su etapa solista. Desde entonces hasta ahora, giros de guión constantes, producciones imposibles, giras multitudinarias, desapariciones, regresos y un halo de deidad que hace único al aragonés errante.
Es un disco sublime. Y la gira en la que lo presentó fue extraordinaria
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